En una de las paradas subió una mujer embarazada. Un joven le cedió el asiento con desgano. También subió un vendedor ambulante ofreciendo cajitas de fósforos y pañuelos descartables. Una anciana le preguntó a los gritos si tenía curitas. El vendedor no tenía curitas. Entonces nadie le compró nada.
El ómnibus se detuvo para dejar subir a un indigente. Lento, andrajoso, cargaba consigo quién sabe qué triste historia de sueños inalcanzables y noches vagabundas. El anciano llevaba en su mano izquierda las monedas exactas para abonar el boleto. Inmediatamente, los pasajeros comenzaron a evidenciar su disgusto debido al mal olor que inundó el ambiente. Un niño no dudó en taparse la nariz.
De repente, el hombre comenzó a hacer cortas bocanadas de aire como si le costara respirar. Con cada gemido intentaba pedir ayuda. Todos los pasajeros apreciaban el espectáculo desde sus sitios. Algunos creyeron que estaba loco. En cuestión de segundos el hombre yacía tumbado en el pasillo, sin vida.
Debajo de la costra de su piel había un ser humano. El tiempo pasaba y la inmovilidad de los otros solo mostraba la costra de sus almas.
miércoles, 7 de septiembre de 2011
martes, 7 de junio de 2011
Luisito
San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México. Enero 2011.El sol está en el zenit. Frente a la Catedral, en el centro de la plaza, hay una gran cruz de madera. Madera que fue árbol. Madera que es cruz inmóvil y silenciosa. Cruz toda poderosa. Alrededor de la cruz están ellos; ellas y sus hijos. Indígenas de Chiapas. Tzetzales, tzotziles, tal vez choles. Historias de vida. Únicas. Valiosas. Y una sola cruz de madera para tanta gente.
Ellos saben que son muchos los dioses. Aunque saberlo no les saca el hambre ni el frío. Recostada sobre la cruz, en el escalón más elevado, una turista observa los telares, collares y ofertas de las pequeñas mujeres con largas trenzas y prendas superpuestas. A una de las vendedoras parece no importarle volver a ofrecer lo mismo que su compañera contigua y así sucesivamente. Son muchas mujeres valiosas rodeando a una mujer rubia con más valor monetario.
De entre los telares y las faldas multicolores salen los niños. Pequeños. Muy pequeños. También llevan colgados multitud de collares, llaveros y esculturas de trapo del Comandante Marcos, Dios de Chiapas. Cada turista condiciona los ligeros movimientos y el discurso automático de estos precoces trabajadores. Y las madres continúan ofertando a la gringa. La cruz, los dioses y el Comandante Marcos velan por sus hijos.
Ellos saben que son muchos los dioses. Aunque saberlo no les saca el hambre ni el frío. Recostada sobre la cruz, en el escalón más elevado, una turista observa los telares, collares y ofertas de las pequeñas mujeres con largas trenzas y prendas superpuestas. A una de las vendedoras parece no importarle volver a ofrecer lo mismo que su compañera contigua y así sucesivamente. Son muchas mujeres valiosas rodeando a una mujer rubia con más valor monetario.
De entre los telares y las faldas multicolores salen los niños. Pequeños. Muy pequeños. También llevan colgados multitud de collares, llaveros y esculturas de trapo del Comandante Marcos, Dios de Chiapas. Cada turista condiciona los ligeros movimientos y el discurso automático de estos precoces trabajadores. Y las madres continúan ofertando a la gringa. La cruz, los dioses y el Comandante Marcos velan por sus hijos.
Al día siguiente, salimos con Pipi a recorrer el centro del pueblo. Ya había caído la noche y en unas pocas horas partíamos hacia Palenque. Entonces vi otra vez a Luisito y a sus hermanas, camuflados en la enorme multitud. "¡Luisito!" grité. El niño volteó a mirar muy sorprendido. Libró una de sus manos para saludar. Inmediatamente dejó de mirarnos y nos dio la espalda. Seguimos caminando. Luego de unos minutos Luisito nos alcanzó corriendo, llegó hasta nosotras y nos regaló una sonrisa. La primera sonrisa. "Chau" nos dijo. Le pregunté cómo estaba y le volví a pedir que le dijera a su mamá que lo llevara a la escuela. Asintió con la cabeza. Se fue corriendo. No lo volvimos a ver.
Una sola cruz. Muchos Luisitos.
Platos Picosos
Oaxaca, México, enero 2011....mole, guacamole, chile, chapulines, jalapeños, frijoles, nachos, quesadillas, tacos, tortas, tortillas, tequila, mezcal, carnitas, chilaquiles, cerdo, enchiladas, jitomate, maíz, elote, xilote, tamales, atoles, antojitos, verdolaga, azafrán, nopales, queso de oaxaca, agua de jamaica, arroz, pulque, chocolate de agua, papaya, pambazos, molletes, camote, batata...
sábado, 21 de mayo de 2011
sábado, 26 de febrero de 2011
miércoles, 9 de febrero de 2011
martes, 4 de enero de 2011
miércoles, 17 de noviembre de 2010
domingo, 14 de noviembre de 2010
sábado, 30 de octubre de 2010
martes, 26 de octubre de 2010
domingo, 24 de octubre de 2010
martes, 19 de octubre de 2010
Pelusas de alfombra
Sirilo es un hombre viejo. Hace años que vive en soledad. Soledad alcohólica, silenciosa y fiel. Sirilo no recuerda cuánto ha compartido con ella, ha olvidado también las risas de sus hijos, ruidosos incordios que interrumpían su evasión.
Ahora los ve, están allí, emergen de la raída y deshilachada alfombra. Resurgen viscerales, hostigándolo, expandiendo sus culpas antes en sombra.
De pronto, las risas comienzan a ser cada vez más intensas, más agobiantes e inevitables. Sirilo se siente mareado, sofocado. Los sonidos inocentes son ahora ruidos insoportables, entran en su mente e inundan sus restos de alma.
Sirilo nunca pudo con su vicio.
Enfurecido toma una silla y comienza a golpear a los monstruos que lo asechan. Sus movimientos son imprecisos. Sirilo quiere destruir su pasado y con él sus miserias. Éstas ya no están debajo de la alfombra cómplice, están en él y lo controlan.
Se desmaya.
Cuando despierta ya no está en la misma habitación. Las paredes son blancas. La alfombra ya no es. Hay un instante de cordura.
Pasaron dos semanas y volvió a suceder.
De pronto, las risas comienzan a ser cada vez más intensas, más agobiantes e inevitables. Sirilo se siente mareado, sofocado. Los sonidos inocentes son ahora ruidos insoportables, entran en su mente e inundan sus restos de alma.
Sirilo nunca pudo con su vicio.
Enfurecido toma una silla y comienza a golpear a los monstruos que lo asechan. Sus movimientos son imprecisos. Sirilo quiere destruir su pasado y con él sus miserias. Éstas ya no están debajo de la alfombra cómplice, están en él y lo controlan.
Se desmaya.
Cuando despierta ya no está en la misma habitación. Las paredes son blancas. La alfombra ya no es. Hay un instante de cordura.
Pasaron dos semanas y volvió a suceder.
sábado, 9 de octubre de 2010
sábado, 2 de octubre de 2010
domingo, 26 de septiembre de 2010
martes, 21 de septiembre de 2010
lunes, 13 de septiembre de 2010
lunes, 30 de agosto de 2010
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